Objetivos de septiembre: cómo marcarte metas realistas sin frustrarte
Después del verano, de las vacaciones con cambios de horarios y rutinas diferentes, muchas personas sienten la necesidad de “volver a ponerse las pilas”. Aparecen los propósitos de septiembre: empezar a hacer ejercicio, organizar mejor el tiempo, comer más saludable, retomar un proyecto, estudiar un idioma o, simplemente, conseguir sentir que tenemos un poco más de control sobre nuestro día a día.
Marcarse objetivos puede ser una buena manera de iniciar una nueva etapa. El problema aparece cuando convertimos septiembre en una especie de examen personal y pensamos que, a partir de ahora, tenemos que hacerlo todo mejor.
Porque cambiar hábitos no consiste en empezar de cero con una versión nueva de nosotros mismos. Los cambios que se mantienen en el tiempo suelen construirse poco a poco, teniendo en cuenta muchos factores como nuestras circunstancias, nuestras necesidades y también nuestras limitaciones.
Por qué septiembre se vive como un «segundo enero»
El calendario influye más de lo que parece en cómo percibimos los cambios. Septiembre marca para muchas personas el final del verano y el regreso al trabajo, a los estudios, a los horarios habituales y a las responsabilidades cotidianas. Por eso puede vivirse como una oportunidad para hacer balance y plantearnos qué queremos cambiar.
De alguna forma, septiembre funciona como un punto y aparte. Podemos sentir que tenemos una nueva oportunidad para retomar aquello que dejamos pendiente o para empezar hábitos que durante el resto del año no conseguimos incorporar.
Esto no tiene por qué ser negativo. De hecho, puede ser un buen momento para preguntarnos qué necesitamos y qué queremos cuidar durante los próximos meses.
La dificultad aparece cuando aprovechamos este “nuevo comienzo” para imponernos una lista interminable de objetivos. Queremos volver a la rutina haciendo ejercicio cinco días a la semana, comer perfectamente, dormir ocho horas, ser más productivos, dedicar tiempo a nuestras relaciones y, además, avanzar en todos esos proyectos personales que hemos ido posponiendo. Es fácil que, ante una lista así de exigente, la motivación dure poco.
El problema de los propósitos poco realistas (y por qué solemos abandonarlos)
Cuando pensamos en cómo fijar metas realistas, uno de los primeros aspectos que conviene revisar son nuestras expectativas.
A menudo no abandonamos un objetivo porque no nos importe o porque nos falte fuerza de voluntad. Lo abandonamos porque el objetivo que nos hemos planteado no encaja con nuestra vida real.
Un propósito puede ser positivo en sí mismo y, al mismo tiempo, estar formulado de una manera demasiado exigente. Si mi objetivo es hacer deporte y lo planteo como “voy a hacer deporte todos los días” puede convertirse rápidamente en “no he hecho deporte hoy, así que ya lo estoy haciendo mal”. Este tipo de conclusiones suelen ser las que llevan a abandonar por completo.
Autoexigencia y perfeccionismo: el enemigo silencioso de los objetivos
La autoexigencia no tiene por qué ser algo negativo, ya que puede parecer, en principio, una aliada para conseguir nuestros objetivos. Nos empuja a esforzarnos, a cumplir y a no conformarnos. Pero cuando se convierte en una necesidad ineludible de hacerlo todo bien y sin errores, puede terminar jugando en nuestra contra.
El perfeccionismo suele funcionar con una lógica de todo o nada: o cumplo lo que me he propuesto exactamente como lo había planificado o siento que he fracasado. Si queremos adquirir un hábito saludable y un día no lo hacemos, podemos pensar que hemos perdido todo el progreso. Esta manera de relacionarnos con nuestros objetivos genera mucha presión y, paradójicamente, puede hacer más difícil mantenerlos.
Cambiar un hábito requiere su tiempo y flexibilidad para poder incorporar esas cosas nuevas. Habrá días en los que estaremos cansados, tendremos menos tiempo, surgirá un imprevisto o simplemente no nos apetecerá hacer aquello que nos habíamos propuesto. Eso no significa que el objetivo haya dejado de ser válido.
Comparar el «yo de septiembre» con el «yo ideal»
Otra fuente habitual de frustración es comparar quiénes somos hoy con una versión idealizada de nosotros mismos.
El “yo ideal” suele tener más energía, más tiempo disponible, ser más organizado o más disciplinado. Ese “yo” es el que tenemos en la mente que hace ejercicio, come bien, descansa, trabaja de forma eficiente y además encuentra tiempo para disfrutar. El problema es que esa versión de nosotros mismos no tiene en cuenta las circunstancias concretas de nuestra vida.
Quizá en septiembre tengamos una carga de trabajo alta, estamos atravesando un momento emocional complicado o necesitamos tiempo para adaptarnos de nuevo a la rutina. Pretender funcionar como si todo eso no existiera puede aumentar nuestra sensación de no llegar a todo y nos termine frustrando.
En lugar de presionarnos con preguntas como “¿por qué no soy capaz de hacer todo esto?”, puede ser más útil preguntarnos: “¿qué puedo asumir realmente en este momento?”.
Claves psicológicas para fijar metas realistas
Marcarse objetivos no consiste únicamente en decidir qué queremos conseguir. Requiere parar y reflexionar qué podemos hacer para encaminarnos a lograrlo sin que sea una presión constante que nos asfixie.
Objetivos pequeños y medibles frente a grandes propósitos
Cuanto más concreto sea un objetivo, más fácil resulta saber qué podemos hacer para acercarnos a él.
Un objetivo frecuente y muy válido suele ser el de “quiero cuidarme más”, pero es demasiado amplio para saber cómo llevarlo a la práctica. En cambio, podemos convertirlo en acciones más pequeñas: salir a caminar dos días a la semana, preparar una comida casera el domingo o intentar acostarnos media hora antes algunos días.
Los objetivos pequeños pueden parecer poco importantes, pero tienen la ventaja de ser sostenibles y compaginables. Además, cuando conseguimos cumplirlos, obtenemos una sensación de avance que puede ayudarnos a seguir.
No necesitamos transformar nuestra vida entera en septiembre. A veces, elegir uno o dos hábitos saludables y darles espacio suficiente para asentarse es mucho más útil que intentar cambiarlo todo a la vez.
Priorizar el proceso sobre el resultado
Cuando nos centramos únicamente en el resultado, podemos perder de vista todo lo que ocurre mientras intentamos conseguirlo. Por ejemplo, si nuestro objetivo es correr la media maratón, podemos terminar pensando que todo el entrenamiento anterior “no sirve” porque todavía no hemos alcanzado esa marca.
Pero aprender a mantener un hábito, conocer nuestros límites, descubrir qué nos ayuda a sentirnos mejor o ser capaces de retomar una actividad después de haberla dejado también forma parte del proceso. Por eso puede ser interesante cambiar algunas preguntas como la de “¿lo he conseguido?”, y en su lugar preguntarnos:
- ¿Qué he podido hacer esta semana?
- ¿Qué me ha ayudado?
- ¿Qué me lo ha dificultado?
- ¿Necesito ajustar el objetivo?
- ¿Qué puedo intentar de nuevo la próxima semana?
Este cambio de perspectiva permite valorar el progreso sin exigirnos resultados inmediatos.
Permitirse fallar sin abandonar
Uno de los aprendizajes más importantes cuando intentamos incorporar un nuevo hábito es aceptar que no vamos a cumplirlo perfectamente. Habrá días en los que no hagamos ejercicio. Habrá semanas en las que comamos peor, durmamos menos o dejemos de lado aquello que queríamos priorizar.
El problema no suele estar en fallar un día. El problema aparece cuando interpretamos ese fallo como una prueba de que “no somos capaces”. Si ese pensamiento pasa mucho tiempo en nuestra mente es el que nos termina empujando a abandonar definitivamente.
Un cambio sostenible necesita flexibilidad. No se trata de buscar excusas para no cumplir nuestros objetivos, sino de aprender a diferenciar entre abandonar y parar temporalmente. Podemos perder el ritmo y retomarlo. Podemos modificar una meta. Podemos reconocer que nos habíamos exigido demasiado y ajustar nuestras expectativas. Hay que tener en cuenta que, volver a intentarlo también es parte del cambio.
Cómo sostener la motivación durante el curso (más allá de la primera semana)
La motivación es útil para empezar, pero no podemos depender de ella para mantener un hábito durante meses.
Es normal que la energía y las ganas que tenemos en septiembre disminuyan con el paso de las semanas. Por eso, más que preguntarnos cómo mantener la motivación en el nuevo curso, puede ser útil pensar cómo crear unas condiciones que hagan posible continuar incluso cuando la motivación no esté en su punto más alto.
Una de las claves es revisar nuestros objetivos de vez en cuando. Lo que parecía importante en septiembre puede dejar de serlo en noviembre, y eso no significa que hayamos fracasado. Es normal reevaluar y ver los objetivos iniciales con una perspectiva distinta con el tiempo.
También puede ayudarnos dejar espacio para el descanso y el ocio. Una rutina saludable no consiste en llenar cada hueco del día de actividades productivas. Descansar, relacionarnos con otras personas y hacer cosas que disfrutamos también forman parte de nuestro bienestar.
Y, sobre todo, conviene observar desde dónde nos estamos planteando nuestros objetivos. No es lo mismo pensar “quiero hacer ejercicio porque quiero cuidar mi cuerpo” que “tengo que hacer ejercicio porque no estoy suficientemente en forma”. No es lo mismo “quiero organizarme mejor porque necesito más tranquilidad” que “tengo que ser más productivo porque siempre hago las cosas mal”.
La misma conducta puede vivirse de maneras muy diferentes dependiendo de la relación que tengamos con nosotros mismos. Si nuestros objetivos están acompañados constantemente de culpa, miedo a fallar o sensación de no ser suficientes, quizá el problema no esté únicamente en cómo organizamos nuestras metas.
Cuándo un acompañamiento psicológico puede ayudarte a sostener el cambio
A veces sabemos perfectamente qué queremos cambiar, pero aun así nos cuesta dar el paso. Puede haber patrones de autoexigencia, perfeccionismo, miedo al fracaso o dificultad para poner límites. En estos casos, trabajar en psicoterapia puede ayudarnos a comprender qué hay detrás de esa dificultad y a construir una relación diferente con nuestros objetivos.
En nuestro trabajo en consulta, hemos podido comprobar como estas dificultades no son simplemente una falta de disciplina o de motivación. Nuestros hábitos, nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y la forma en que afrontamos los cambios también están vinculados a nuestra historia y a las estrategias que hemos aprendido para sentirnos seguros y afrontar las situaciones difíciles.
El objetivo no es convertirte en una versión perfecta de ti mismo ni conseguir que cumplas todos tus propósitos de septiembre. Se trata de poder avanzar hacia aquello que es importante para ti sin que el camino esté marcado constantemente por la exigencia y la frustración.
Si sientes que llevas tiempo intentando cambiar determinados aspectos de tu vida y terminas atrapado en el mismo ciclo de exigencia, frustración y abandono, la terapia puede puede ayudar a comprender lo que te está ocurriendo y encontrar una forma de avanzar que sea más amable y sostenible para ti.
